Personas en línea

En estos momentos hay 1 personas visitando "El Ictiocefalolalista"

RIMA DEL CHUTE LIBERADOR

Enviado por Agustin Carrera el 23/07/2008 a las 06:19 PM

El casi vate antes del partido por la mitad, atornilla la pierna chuteadora al botín fértil para el tiro de los 13 pasos. Lo hace como siempre lo ha hecho; desde un punto negro llamado así por los porteros de la usanza del travesaño, como aquel mismo casi vate de la malla tuerta lo hizo alguna vez. Espera no ser amonestado por el implacable arbitrio de una jueza desmembrada en la gran trifulca de los palos del cornete. No está para eso, ni menos por un “juera de juego” inaudito, severo y sistemáticamente punitivo. Se toma el vaivén del encuentro poético con mesura y sin presura y, hace mediciones a las disidencias con la regla de los que huyen para salvar su exiguo pellejo. Mide con la “regla tres simple” su distancia al portero despistado intentando conseguir una pateadura entre el dedo gordo y el travesaño que finalmente lo atravesará desde el Estigio al Andalién. Con tal puntete pretende hacer el famoso gol de las doce traspies, e iniciar así el tilde de “sepultado de aplausos” donde ni la deshonra cae por un penalti mal chuteado.

Actualizada hoy después de ayer por Metas Tasis (www.mascahuin.cl) Copyright ® Términos y Condiciones de la información: Pasquín “La Oreja de Van Go” y a la editora de la cotidiana vida del casi vate en la cazuela popular.
Fuente : La Cuncuna en la Cuneta

“La libertad tiene su precio y si esta debe pagarse caro, se necesita hacer una cucha para asumir costes de insondable procedencia texual” Nos señala el casi vate antes de echarse a dormir una siesta sobre el punto cardinal de los tiros penales no convertidos. Preocupado porque la violencia entre los estados de ánimo de algunas posesas, es cuestión sólo de alpargatas rotas y ciertamente genera motivos para empotrar cruces  en las salitreras, al borde de un cementerio de encogidos mineros curtidos.                                                    Desde las cicateras rejas que bordean el campo santo - donde no todos son santos - se dejaron caer en sus áreas verdes libreros repletos de letras protestadas. El propósito de esto último apuntó a recaudar los fondos necesarios para las tapaduras de un balón certero y dejar a boca de jarro ese sabor amargo que trasciende de la travesía, por una estúpida aridez nupcial. “Me hago defensor de los amantes que aman a su querida Pacha-Mama; pero no me pidan que haga lo mismo con aquellos que hacen mezcolanza  de basuras para conseguir imperios de riquezas y paseos de mercado a medianoche. Mark Twain nos dice algo parecido: "No es lo que sabes lo que te mete en problemas, es lo que crees saber con certeza y no es como tú crees".       
Agustín Carrera decía antes del despecho - cuando dormía las siestas de recortan – “aproveché de mejorar el oteo en la azotea del edificio ajeno” Pero cuando despertó de su letargo de lagartija solanera, sólo tuvo tiempo para contemplar los eclipses lunares desde su propia techumbre descompuesta. El Refugio de los asilados atolondrados por culpa de la trifulca de la escoba, jamás se vio tan en aprietos de dientes, como sucedió durante la mala racha en los bolos con tres hoyos. "Ese estropearse en la ciudad de nada me sirvió” Quienes más se beneficiaron con esto fueron los médicos que me atendieron después de unas cuantas escarchas mañaneras. Y en esto de las peloteras que se armaban después de las pichangas del barrio, nadie es más centrado que aquel que escupía saliva seca por la fisura de su labio. Dedo gordo en ristre y ese callejeo que lo hizo reconocidamente bravo, le sirvieron para enrostrar el mejor gol que le hiciera a la “Joyita” del eriazo de la esquina. Quien publicó la bitácora de un capitán despeinado por la ventolera atravesada allá en La Portada; hoy surge como el único bueno para el cálculo de la redondez. Registra esto en la Colección de los Durmientes del último tren al sur; un mamotreto de tapa ancha y gruesa, encuerada y jamás publicada por los editores de la imprenta, donde es salada en la sala con la sal para que no salga a la luz. Dicen que esconde muchas nimiedades secretas, que si saliera a la luz, muchos ídolos del peloteo caerían del travesaño al escupidero de los leprosos. Los títulos obtenidos en los azares y avatares  de las plazas y de las canchas de tierra, estrictamente pintadas a puro salitre, se enmarcan desde los años cuando era un incipiente mozuelo y, hasta aquellas eras donde hoy es reconocido como el añejo crack de las medias raídas. Desde la liga Miramar a la oreada liga de la Playa Blanca, sustentada bajo la marquesina ostentosa de un estadio techado con coligües desmembrados, a orillas de un añorado hogar materno; desde La Rinconada, allá por la tierra de sus ancestros doñihuanos al último bastión de los hombres que soportan incólumes el rigor de la gran trifulca y, la lluvia que cae de medio lado. Ahí en los fuera de juego, en los ensordecedores pitazos del referí, amanecía incorregible la rezonga desmesurada de uno que pensaba no estar nunca fuera de juego; ni menos para los arbitrios de uno vestido a la usanza del oscuro personaje de piernas canas y rifle al dorso. Quienes saben de pichangas entiende esto del comportamiento sistémico de bravo pelotero. No se justifica, pero se entiende a manera de calzón quitado; a modo de bajada de pecho y de arriero de polvos; cuyo único objetivo es mostrar el pernil estirado, denotando con esto, como se despliega el tiro ganador del último minuto de juego ponderado. Que nadie diga lo contrario, nos reafirma el casi vate: “el sudor de las canchas de tierra es distinto a otro cualquiera” Uno de los pocos lugares comunitarios que van quedando en el mundo, son las polvorosas canchas de tierra; aquellas donde los botines no se asean para entrar, se ensucian al salir para mostrarle a la pierna depilada que este es el verdadero juego de un macho recio. Mientras esto ocurre; la otra pierna prefiere ir a las tiendas a soñar con lo que lleva puesto la modelo. ¿Alguien atraca en el malecón, cuando se arma la pichanga? En la aldehuela al borde de la periferia urbana todo podía ocurrir. Nadie estaba exento de la pateadura chueca. Por eso nadie se eximia de la ida a la cancha, incluso las más menesterosas de las matronas, e incluso los menos duchos para el chanfle ejecutado. Es la mentira, la vil, la villana y la tan de villorrio mentira. ¿Por que todos observan un partido de cancha polvorosa sin sentarse ni chistar? En las veredas y los parques prosiguió el empeño y se hicieron mejores que las canchas de tierra a la hora de los arranques por el costado, buscando de un escaño esa esquiva gloria de portada. Y de ahí al bar de la esquina a celebrar – muchas veces era ahí mismo al borde de la cancha; la idea era celebrar, ya sea por haber ganado o bien por haber recibido una goleada sin capacidad para un saco de cinco kilos. El bar que recuerdo es el Santa Viviana. Un homenaje a la patrona de los curaditos, nos relata sonriendo y con un vaso de agua entre sus dedo, el rey del metro descuadrado, o el tiro loco a mansalva, como fue denominado por unos cuantos envidiosos. En todo caso aún no recibe de herencia la mentolada Zapatilla Dorada.

Puff







Suscribirse a los comentarios de este artículo en RSS