El casi vate antes del partido por la mitad, atornilla la pierna chuteadora al botín fértil para el tiro de los 13 pasos. Lo hace como siempre lo ha hecho; desde un punto negro llamado así por los porteros de la usanza del travesaño, como aquel mismo casi vate de la malla tuerta lo hizo alguna vez. Espera no ser amonestado por el implacable arbitrio de una jueza desmembrada en la gran trifulca de los palos del cornete. No está para eso, ni menos por un “juera de juego” inaudito, severo y sistemáticamente punitivo. Se toma el vaivén del encuentro poético con mesura y sin presura y, hace mediciones a las disidencias con la regla de los que huyen para salvar su exiguo pellejo. Mide con la “regla tres simple” su distancia al portero despistado intentando conseguir una pateadura entre el dedo gordo y el travesaño que finalmente lo atravesará desde el Estigio al Andalién. Con tal puntete pretende hacer el famoso gol de las doce traspies, e iniciar así el tilde de “sepultado de aplausos” donde ni la deshonra cae por un penalti mal chuteado.
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“La libertad tiene su precio y si esta debe pagarse caro, se necesita hacer una cucha para asumir costes de insondable procedencia texual” Nos señala el casi vate antes de echarse a dormir una siesta sobre el punto cardinal de los tiros penales no convertidos. Preocupado porque la violencia entre los estados de ánimo de algunas posesas, es cuestión sólo de alpargatas rotas y ciertamente genera motivos para empotrar cruces en las salitreras, al borde de un cementerio de encogidos mineros curtidos. Desde las cicateras rejas que bordean el campo santo - donde no todos son santos - se dejaron caer en sus áreas verdes libreros repletos de letras protestadas. El propósito de esto último apuntó a recaudar los fondos necesarios para las tapaduras de un balón certero y dejar a boca de jarro ese sabor amargo que trasciende de la travesía, por una estúpida aridez nupcial. “Me hago defensor de los amantes que aman a su querida Pacha-Mama; pero no me pidan que haga lo mismo con aquellos que hacen mezcolanza de basuras para conseguir imperios de riquezas y paseos de mercado a medianoche. Mark Twain nos dice algo parecido: "No es lo que sabes lo que te mete en problemas, es lo que crees saber con certeza y no es como tú crees".
Agustín Carrera decía antes del despecho - cuando dormía las siestas de recortan – “aproveché de mejorar el oteo en la azotea del edificio ajeno” Pero cuando despertó de su letargo de lagartija solanera, sólo tuvo tiempo para contemplar los eclipses lunares desde su propia techumbre descompuesta. El Refugio de los asilados atolondrados por culpa de la trifulca de la escoba, jamás se vio tan en aprietos de dientes, como sucedió durante la mala racha en los bolos con tres hoyos. "Ese estropearse en la ciudad de nada me sirvió” Quienes más se beneficiaron con esto fueron los médicos que me atendieron después de unas cuantas escarchas mañaneras. Y en esto de las peloteras que se armaban después de las pichangas del barrio, nadie es más centrado que aquel que escupía saliva seca por la fisura de su labio. Dedo gordo en ristre y ese callejeo que lo hizo reconocidamente bravo, le sirvieron para enrostrar el mejor gol que le hiciera a la “Joyita” del eriazo de la esquina. Quien publicó la bitácora de un capitán despeinado por la ventolera atravesada allá en
Puff


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