La dignidad y la brisca fresca de los estertores de moda eran acicalados desde las canas hasta la misma piel; si no era así, al menos eran “desajadas” desde la mirada descascarada de un peluquero de barrio antiguo. Y esto, sin el tictac de unos cuantos giros del artificio del tiempo; el que finalmente terminará por desmoronar a la mismísima Portada de la Provincia Arenisca. Así finalizan todos los desorbitados oteos dirigidos a las pálidas estrellas construidas de cartón corrugado. “Pero no se ensarten sin escollos muchachos de la vieja ola” Se espera pronto el descollar de una nueva cirugía cercana al mes de los amoríos primaverales. Su objetivo es estirar los faldeos de “varios” cerros nevados.
Actualizada hoy después de ayer sin pensar en el mañana por el periodista descentrado Deter Minado (www.mascahuin.cl) Copyright ®
Término y condiciones de la información: Pasquín “La Oreja de Van Go”
Fuente de la información: The cuncuna in the gutter y La Copucha entre Gallos y Medianoche
“El descubrimiento de la edad de antaño y la del Antonio de Pacotillas, ha sido cruelmente mercantilizada por una sociedad adicta a la premura de la senectud” “La Belle Época” se esfuma entre los antiguos cartapacios, y causa la sensación de estragos entre los asiduos al trago amargo. Lo mismo ocurre con los catres rejuvenecidos, que de sostener esponjosos aditamentos de trapo nuevo, pasan a ser como una sesión de arenado, en medio de unas eróticas dunas de arena recostada”
Agustín Carrera observa que se mece con la escobilla para el calzado en la vieja mecedora; y, pipa en mano, pitea con la boca abierta una ráfaga de intensos besos alunarados. Los ósculos provenían de una boca huracanada intensamente labiada; como los intensos ojos de su dueña. Mientras esto ocurría era retorcido por unos brazos fuertes y dorados. Está sentado a la espera del carromato de los ataúdes floridos, en la terraza cubierta de un florido jardín de viejo jubilado. Está así, tan plácido, decadente y en fila americana apuntando con un microscopio atómico, al diminuto punto inicial del intenso infinito de los besos enumerados. Mientras esto ocurre se remece de escalofríos por causa de otra intensa y melancólica noche de algas frías; Agustín Carrera está preocupado por la silla de una tal Sofía – de la cual no cesa de hablar – en donde por lo pronto - espera describir sus mecidas poesillas de la literadura; y quizás, según la propia voz no autorizada de un mentado amigo anónimo, “el casi vate espera describir la arremetida de una ardiente termita térmica. De una que está a punto de corroer por completo los maderos de una rechinadora silla mecedora”. Más allá del personaje antes mencionado se encuentra recostado uno de los que se dedica a la astronomía de verdad; y que actualmente está jubilado por causa de una colisión ocular con el ojetillo de un paletó. Abrigo de percha que finalmente resultó tener en vez de ojetillos, una cremallera metálica más parecida al riel del corto a Nacimiento -algo muy distinto a esa innecesaria botonera que, a la hora de los desnudos apasionados, ya no tiene sentido que sea cremallera o botonera. De todas formas daba risa por igual, su inapropiado engranaje de aceros marchitados. Junto a Tiro Tos, uno de sus últimos amigos inscrito en el registro de los lobos feroces; refugiado por causa de la histérica trifulca de la escoba; fue invitado a pasar unos días en las oreadas techumbres de la Provincia Arenisca. Sus amigos residentes de las dunas dormidas se preocuparon de arrimarles un par de migajas pintarrajeadas, para hacer más seria la venida hacia la gran avenida. Una de las luminarias encegueció su mirada hasta dejarlo fuera de combate al borde de una lona sonrojada por las heridas. La gran vía parecía entonces extensa y láctea como la misma vía lechosa de sus pechos. Era como si existieran las sirenas de arcilla morena; y nadie se dio cuenta que se trataba de un loca con una copa de “colademono” en la mano. La verdad es que el dulce elixir estaba contenido en una vieja lata de cerveza; tan transparente como escaso es un texto aleatorio en una receta médica de un “mediopollo”. Nadie esperaba que en su letargo de siesta otoñal hiciera las veces de cajero y otras tantas de cajón; o que al menos mencionara la realidad astrológica de un choque de estrellas seniles. Todos necesitaban adherirse a alguien que los acompañase hasta el último rincón de la red inflada, a ese lugar donde la enorme cantidad de goles recibidos, simplemente se festeja o, finalmente se llora. Esta es una muy buena sugerencia. Esto es lo que finalmente nos confirmó el mismísimo maletero que los ató de manos y lenguajes mal agradecidos. Lo hizo contra el piso encerado poco antes de ingresar por error, a los cuarteles entumecidos de un regimiento de levitación. En el mismo lugar donde se alojan los que arrojan las jabalinas, después de desalojar sus instintos de lanceros; cuando por alguna mala razón se les ocurre cruzar las calles de los marinos mercantes; en una esquina cualquiera; sus amigos conversaron acerca de unos cortinajes remendados con hilachas de descontento. Ahí se tironearon de las mechas los percances de parachoques y asomaron las voladuras de tapaduras, saltaron a dos vientos los frenillos y algunas enormes piezas dentales se hicieron literalmente barriletes dentados. La tromba de extremidades se hizo extrema y lamentablemente delicada. No sé por que; pero algunos hacen caso omiso al momento que aparecen los primeros rayos de sol. No sé por que pasa esto. ¿Es que acaso no se acuerdan que es en el día cuando duermen las locas y las monas; y que es en la noche cuando se asiste a las veladas de boxeo? ¡Ya, muchachos, gracias por el regalo! grita uno de los dos rejuvenecidos. No se sabe cual de los dos hizo aquello. A nadie le interesó mayormente. Pero lo cierto es que una joven muchacha se acicalaba en el camerino de las dulcineas, después de peinar una muñeca con un rastrillo de mimbre y otro de cochayuyo. Pudo ser este el indicio de un buen presagio de adivino; pero no. Nadie apostó a la yegua de los pelos de punta que arrasaba en las carreras de sapos colegiados. Ya en el anfiteatro de las escenas heroicas y añoradas; ambos quijotes se tropiezan por querer sacar a la bella veterana a la pista de los aterrizajes forzados. El premio es la primera pieza; el primer tango; la primera milonga; el primer lento de la noche - a eso de las tres de la madrugada - cuando ya se rinden los homenajes de rigor y los desvelos obtienen su gran premiación triangular. Como felinos esperaron su gran oportunidad y el triunfo era sólo para uno de los dos. La Delfina era la amada que esperaban por pistas desiguales; por los surcos casi paralelos de un disco de negro vinilo. Sorprendidos por tanto interés demostrado, pensaron que se trataba del argumento de una vieja comedia de viejos enamorados de un maniquí. Cretáceo Crudo y Pancrea Titi Severa; protagonizaron aquella antigua escena de senescentes, junto a un descolorido Julio Inverno, allá por la década de los pensamientos oscuros. Hoy los tres se perfilan como recuerdos crudos del cretáceo; y nadie daría un peso por ver la misma escena de antaño. Han pasado varios cometas desde entonces y la escena de hoy se recubre con rápidos movimientos de cámara en la moderna editora de imágenes. Se cree que la versión ochentera no es mejor que la del medioevo. La Delfina sirvió como anfitriona en aquel local donde los desfiles de moda; en muy poco tiempo se transformarían en paseos para los desfiles de sanados, curados y ebrios. Sobre la edad se centra la discusión del casi vate y la bella luminaria pintarrajeada hasta los codos, es su musa para esta ocasión. Ella le asegura que "la edad es una especie de escalera con peldaños de oleados maderos astillados, donde los primeros requieren menos esfuerzos que las últimas pinturas”. La facultad de poder transmitir la vida pasa por un empeño abrumador y una química azul absurda y sin sentido. Todo alrededor es rejuvenecido por una sociedad que no quiere seguir deshojando sus propios calendarios. Pero ese no es problema para quienes deben cargar el asomo del morral del medio siglo. A estas alturas de la escalera se descubre que uno puede ser feliz y que la simpleza de las cosas se parece al retén de la cuadra de la playa blanca. Así vivieron los refugiados en la provincia del Merken. Durante su estadía en las termas de las dunas en la Provincia Arenisca; ambos encontraron el esquivo querer en manos de una gran Delfina; tan bella y buena nadadora como si estuviera pintada en un otoñal traje playero, lista para atravesar hasta la balsa de los sueños juveniles; y hacerlos olvidarse que se trata de sueños que nunca podrán orillarse sin los tumbos de la suerte. De la escena de las noches de alga fría; se pasó a un instante donde el chapuzón termal sanó diversas enfermedades reumáticas, traumáticas y hasta siquiátricas. El chapoteo en el agua termal, bordeó el tiempo del oteo de la luna durante las bocanadas menguadas, de miles de besos clausurados por las numéricas hojas de un desaliñado calendario de papel roneo.
Ayayay
Comentarios recientes
hace 11 horas 45 mins
hace 10 meses
hace 10 meses