Escritor de la Provincia del Merken, Agustín Carrera, insiste en publicar su autobiografía redactada en mil pedazos de papiro semidescremado. ¿Para qué quiere publicar la fichaque da cuenta de su precario equilibrio por la cuerda floja? ¿Quién quiere saber de la fecha de su primer deslizamiento? se preguntó un “cremallera” que descompuso varios cierres cuando intentaba osada y delicada maniobra. Si además, ya es suficiente cuando le da por escribir estando sonámbulo. Cada vez que escribe se desnuda como la luna lo hace en el tranque del refugio durante su plenilunio”. Descuidando incluso el chicle de abandonado debajo de las tablas de la mesa (…) un chicle macerado con saliva y filudas dentadas en la última cena de los salvados del trigo. Para que quiere publicar su autobiografía alguien que ha pasado gran parte de su vida en los recovecos aledaños del refugio; situación que de por si, lo deja muy mal parado por anchas y mangas, como si se tratara de una estatua de plasticina. Con el libro “El Pedigrí de un Gallo Gris” pretende narrar el origen campesino de sus famosas poesillas; y quizás las agotadoras jornadas durante el acomodo en el sofá de una tal Sofía. ¿Para qué queremos más de lo mismo? Agregó otro patachero; si todos sabemos que ya es el campeón indiscutible de la rayuela.
Actualizada hoy después de ayer por el periodista Perce Verante (www.mascahuin.cl) Copyright ®
¿La bitácora del refugiado busca encontrar la hebra de una calceta deshilachada? En mi caso nunca tuve a mano una erina para reparar destajos de calcetas; pero supe de antemano que quería ser corchetero, abrelatas y dueño de una damajuana llena de tintorro para calmar la acidez estomacal. Desde niño supe que nunca debía desprenderme de los bototos sobre una tarima; y siempre me enseñaron a ponérmelos a tiempo con el correspondiente amarre de cordones. Esto último lo aprendí sin mucha batahola de ollas, pues esas minucias deben hacerse en silencio y casi siempre en solitario; de preferencia a primera edad; o por lo menos antes de la adolescencia cretácica. Todos transcurrimos por la historia; pero la que existe en el refugio es confusa y muchas veces se entrecruza con personajes de tren y barco de papel; con espacios y tiempos de antemano. En el fondo pretendo ordeñar la vaca antes de las horas del despeje razonable; dar el chute perfecto en un tiro libre para inflar la malla tras el gol de media cancha. ¿Esto de ser originario de la Provincia Arenisca y un perfecto desconocido en la estoica provincia del Merken, le reporta alguna ducha especial con cáscaras de maní y todo eso? -Me he dado cuenta; contando con las letras protestadas, que el hombre es un acotado de la especie de los tiempos innecesarios; que entre otras cosas no sabe descifrar el código de uno que se irá cortina con el artificio de los tiempos incluido. Es extraño, pero no deja de ser cierto lo que expongo del porongo donde junto resabios de comistrajos trasnochados “Nadie quiere visitar el húmedo jardín de los montículos; donde además abundan las calas y los rojizos claveles de invernadero; sin embargo es el lugar perfecto donde se realizan los paseos de fin de temporada; donde sin que nadie se lo imponga, acuden por que si, asiduos oriundos de la comarca Delmasallá. Me he dado cuenta que no se trata de hacer una cronología histórica de hechos arqueológicos; si no más bien de enchufar la plancha a tiempo para el alisado de medio pelo; como cualquier hijo de vecino debería hacerlo alguna vez en su equilibrio por la cuerda floja. Nadie sabe a ciencia cierta quienes son los herederos de la vera de la vereda tropical. De ese ramal de la fortuna con la que se pueden medir las capacidades de un saltimbanqui; en este caso, de ser escuchado por las hordas de burlescos desentendidos. Lo cierto es que nadie sabe si la vara gruesa sólo es usada como tranca para el portón de los desafortunados o para otras cosas inesperadas. Nadie sabe entonces quien, en definitiva entrará caminando al campo santo, y quienes estropearán inútilmente su traje de sepelio; antes de que se produzca el descorche de las chuicas, donde se almacenan resabios de tiempos inesperados. ¿Cuál fue la última cuartilla usada para describir las fumarolas del tren que supuestamente lo llevará a la felicidad. La última vez que vi llover me duchaba entre el amanecer y la hora de los batracios cantores. Recuerdo que no era papel lo que usaba para describir ciertos hechos de la historia. Mi soporte de escritura era la memoria. Nunca pensé en usar otras herramientas diferentes al casco de acero oxidable. Avancé hasta la otra esquina de la cuadra, sin embargo fui detenido por una bella que se disfrazó de Agente de la Poesía; desde entonces el piso pantanoso no me deja soñar como lo hacía antes del amarre de los bototos negros. Entonces las sabanas fueron mis cuartillas, pero ella usaba detergentes y fricciones impostergables; quizás demasiado irreprochables; las que muchas veces borraron de un plumazo lo más importante de la secuela aquella. Por si fuera poco, dejé de fumar mientras escuchaba el sonido característico del tren al sur. El traqueteo me insinuó que destapar la chimenea no era necesario; pues finalmente el vicio decantaría sin mucha desazón en alguna pelela de vejestorio. Serán otros los cuenteros que arrebatarán las sabanas al mucamo del motel, donde se escribieron tantas promesas de querer. El olor del carbón ardiendo penetró en mis genes y desde entonces quise conocer la fumarola de otras chimeneas. Estufas que más tarde me cobijarían con tibieza, como lo hacen los brazos dorados de ciertas féminas que si saben amar; que aman durante una noche fría de invierno, o durante una larga noche de verano sin pestañear ni chistar. Que indiscutiblemente son capaces de convencer a cualquiera, de que el mejor lugar para escribir siempre será el camastro. ¿Qué ingredientes sazonaranla cazuela? -Es difícil dejar fuera del perol los más de diez millones de ingredientes que hoy se resbalan de cordillera a mar sin más chistar que reírse de sus propias desgracias y penurias. No era cierto esto de ser cariñosos con el forastero. En realidad somos enamoradizos de las foráneas forasteras. Particularmente siento algo especial cuando por mi huella se cruza una espigada dorada de años promediados. No sé; pero en mis genes existe irrefutablemente esto de ser fiel en el casorio, pero no hay referencia alguna a que enamorarse a cada rato constituía un delito con penurias y castigos. Tarde me di cuenta que las féminas no comprenden el animo aventurero de un romántico viajero; que en ellas existe la retención por detención por sospecha. En esta bitácora de capitán se esparcen diversas anécdotas de marinos; y por cierto, muchas historias de resbaladizas escapadas desde el mismo mascarón; donde no se dejaron al azar ni las más flameadas faldas plisadas; como tampoco ninguna de las enaguas usadas por las bellacas dueñas de la escoba y, creadoras de la trifulca de los usleros. Ninguno de los vates del refugio puede sentirse libre de asomos, que destellan en más de alguna hoja del recetario de cazuelas. Nadie podría hacerlo. Ni siquiera la vecina de la cuadra aledaña donde aprendí a doblar las esquinas. Hasta se pueden confesar incluso los curas que sanaron embotellamientos gástricos; acontecidos después de los deslices de enamoramiento; tanto de los embotellamientos sufridos por causa de un elixir elaborado por nuestros patacheros, como por las pócimas de ciertas brujas que con artimañas introdujeron a las habitaciones de los hospedados, para deguste de algunos y disgusto de otras. Nadie se puede sentir apartado de las enjundias que le dan sabor al perol que alienta el sentido sublime del refugio. Que esto quede bien esclarecido entre las palmas de las manos. “Todo es resultado del puro azar” Repetiría la receta y sus componentes en una bitácora nueva. –No, por ningún motivo. No creo que pueda surtir el mismo efecto embriagador de la primera vez. Todo aquello verdaderamente íntimo y personal es para narrarlo tan sólo una vez. Cuando se repite la receta y el cuento aquel; finalmente termina por aburrir a los comensales; quienes por lo general optan por cambiarse de acera. Se puede decir que la secuela de una muela, es algo así como el agudo dolor persistente que no existe, pero que igual se siente; incluso a pesar del hielo picado aplicado entre ceja y muela. Caer en un código reforzado con aspirinas y los apuntes de un capitán conductor; que para peor de sus males escogió el peor recorrido de una suburbana avenida construida por cangrejos, es caer en la desgracia misma de la gordura, como si se tratara de un encarcelamiento en un penal lleno de cavernas para escapar. Cuando mucho abunda el deseo, pero igual se hacen las cosas, entonces es el editor el culpable de un libro que jamás debió salir de la maquina de escribir. No hay peor receta que aquella repetida para satisfacer a uno, a todos, o a alguien especial que se quedó atrasado en la redacción. No es primera vez que me censuran esto de mostrar las estrías de una maestría en dicotomía y, con la inusual sintonía de una radiografía que emite tertulias revueltas con poesilla. No quiero ser olvidadizo ni humilde; pues entre mis cosas cuento con un grado endémico otorgado por la prestigiosa Universidad de Taparaca, que se encuentra al borde de la comarca Delmasallá, donde un montón de eruditos y académicos; luego de muchas horas de carencia laboral, tomó una cerveza y la decisión de ganarle a la vida y a la vieja economía enseñada en las obsoletas facultades de intramuros. La misma universidad, luego se ofreció para patrocinar, auspiciar y publicar la bitácora que apenas se comienza a escribir. El casi vate no se hace responsable de los acápites y agregados que aparezcan en sus ediciones posteriores. Ya conoce los malos ratos que estos seudo académicos suelen hacer sin pensar. Si de hecho habían lanzado al mundo la reformulación de la Teoría de la Relatividad y de la Energía Pasiva; exponiendo a la luz y a la vez, la siguiente “Teoría del Relativismo” Tesis que sólo se hizo posible, al aplicar complicaciones hasta el paroxismo, a esto de no decir las cosas por su nombre; de irse por las ramas como los monicacos, o de irse en puros saltos de saltimbanqui. Por eso me gusta la forma de ser de los bebés que maman. Se agarran de la ubre y no la sueltan hasta saciar sus apetitos de afecto, sed y hambre.Por eso quiero escribir sin comas ni puntos; por que de esa manera no me detendré a pensar sobre lo que escribí. La idea es matar con mi libro; pero hacerlo de ahogo narrativo. ¿Finalmente escribirá? Esto es lo que nadie podría asegurar. Verdaderamente. Nadie podría asegurar que finalmente terminaré por ponerle el punto final a esa última página, tan deseada como odiada lo es. Nadie podría estar seguro de hacerlo, nadie podría estar seguro siquiera de que soy yo el que escribe tanta lesera y poesillas. Nadie está seguro de nada. Ni de todo o algo; ni siquiera lo está con respecto a lo que leemos. Visto esto; esta vez sólo esperemos los sucesos del mañana antes de que acontezca el día siguiente.
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