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PENSAMIENTO DEL MAS PEQUEÑO DE LOS PEQUEÑOS

Enviado por Agustin Carrera el 02/01/2008 a las 09:40 AM

 

"El Ictiocefalolalista", el único libro del casi vate Agustín Carrera - el autor nacido en el mítico año de mil novecientos cincuenta y siete - fue encuadernado antes del deshilachamiento del lomo de cuero del último y definitivo sepelio del tenor Domingo Casivoz; fenecimiento ocurrido durante el famoso concierto por la vida; celebrado en la también mítica Provincia del Masallá. El libro es casi una biografía de un patachero insatisfecho de sus fechorías acontecidas en el Puerto de los Truenos; específicamente; en las andanadas del cerro de los lobos feroces, cuando cuesta abajo - a veces - huía de la algarabía. Sucesos sublimes que quisieron adentrarse en las páginas más recónditas, de sus propias degustaciones de cebiches arrebosados con merken. Esto es lo que nos anuncia el casi vate en su trotamundo trabalenguas lingual: “Dios como un Creador, es un gran artista; es el más grande; sin duda todo un renacentista y creaccionista”.

 

Actualizada hoy después de ayer por la periodista Percy Ana de Paredes (www.mascahuin.cl) Copyright ® 

 

Términos y Condiciones de la información: Pasquín “The Pear Matures”

 

Fuente : The cuncuna in the gutter

 

El casi vate Agustín Carrera, en su pequeñez filosofal nos afirma en sus fueros de adentro que los entes humanos, son el resultado de una laboriosa creacción que se dio como un estruendoso rechinar. Algo inexplicable, aunque entendible para muchos; y es quizás, de esta laboriosidad; la especie bípeda, la menos afortunada durante el largo traqueteo; y por ende, de la evolución misma - Sin ninguna duda - Por cierto, salvo raras excepciones. Nadie es perfecto. Ni siquiera Dios lo es en esto de la creacción. ¡Pero ojo! No es que Dios se haya equivocado en esto de la creación. Al contrario. Igual que un artista, su propósito, objetivo y razón de ser tiende a la perfección de la belleza, a la verdad, e incluso a la misma inspiración. “Dios sabe lo qué está haciendo y es por esto que,  seguro de lo que digo; aun sigue obrando para alcanzar ese propósito”. Probablemente lo que afirmo no es algo nuevo. Esta supuesta imperfección – según la mirada de algunos - es el fruto de una creacción anómala. Según el casi vate se trata simplemente de una creacción incompleta, en pleno desarrollo. En todo caso esto no es una opinión como las de rebalse, ni relleno de discusión de trasnoche alguno. Todos queremos ver la vasija llena; pero nadie hace diligencias para escudriñar el agua que finalmente llenará la cantimplora del recluso inconcluso. Es decir, todos queremos ver perfección en Dios; saciada la sed. Sin embargo nadie se ha preguntado ¿Por que esperamos en Dios instantaneidad; algo que es imposible medir con nuestros temporarios artefactos? ¿Por qué le atribuimos inmediatez; si quizás sus obras requieren otros tiempos; de todas formas muy distintos de los nuestros? ¿Por qué no podría ser así, o de otra forma aun menos entendendible? ¿Para qué luchamos por comprender lo inconmensurable? Los entes humanos ni siquiera saben lo que hacen con su escaso tiempo vital; por qué entonces pedirle explicaciones a Dios por sus obras; por sus extraños tiempos. He ahí entonces la función noble de las tuberías de aire acondicionado; y quizás del mismo tubo de escape, que ronronea pero no es gato; que pareciera que fumara, pero no sabe de vicios; que elimina la corrosión del combustible, pero corroe el aire del planeta. Por otro lado un colador deja pasar todo, dependiendo de las dimensiones de la materia que se cuela. La trituración de los componentes hace que una cosa sea más digerible que otras; más permeable. La calidad del colador hace que éste sea más permisible que otro. Es la trama la que hace la diferencia; es la red, el esparcimiento de los orificios. Pero basta de tanta filosofía culinaria y motriz, y tratemos de entender a ese ente que definitivamente no tiene remedio. El ente humano se hace pequeño ante la inmensidad de la perfecta creatividad. Se hace grano de arena en el desierto y ante la inmensa bóveda estrellada, la que finalmente termina por abrumarlo. Se hace pequeño como una gota de agua en la plenitud del océano; se siente como una ínfima hoja en la quietud del bosque y todo un silencio durante el parto de un hijo.                                                              Pero ante la mirada de un equino, de un perro o de una simple lagartija; el ente humano se hace distinto; es el único ser que mira hacia el cielo; sin embargo no lo ve; ni siquiera se da cuenta que lo que mira es el punto más infinito que su sentido puede escudriñar. Los animales están condenados a pastar y mirar hacia la tierra, mientras arrancan pastizales y digieren sus alimentos. Los animales no razonan, actúan enteramente por instinto; lo hacen con ese instinto que lamentablemente los entes humanos perdimos. Sin embargo ni ellos ni nosotros tenemos respuesta en cuanto a las razones de nuestra permanencia terrenal. Una serie de concatenaciones naturales, filosóficas y hasta doctrinales no dan cuenta de esto; pero sólo refuerzan la imperfección del hecho. En definitiva nadie sabe por qué estamos aquí; por qué razón estamos navegando a millones de años luz por el espacio, montados en este galopante mundo azul.                                                                                                     El error que algunos observan en la aparente imperfección de la creacción; en definitiva del amor, no es más que una realidad adscrita en aquellos que son incapaces de ver el odio en la mentira; y que más encima se jactan de su propio equivocación; de su propia estrechez, utilizando argumentos que lindan en el de seso escabechado. Quiero decir, que lo que no es verdad; simplemente es mentira. ¡Así de simple! Por lo tanto no hay que darle tantas vueltas ¿Pero quien dice la verdad? La dice aquel que no escudriña hurgando en el tacho equivocado; que por el contrario, vuela a ras de suelo o por sobre las nubes con sus inspirados versos, jugando con las palabras cadenciosamente hasta encontrar el ritmo adecuado de la trova. Agustín Carrera piensa que la creacción es la creación más avanzada, la más extrema y brillante del Dios que crea y actúa; o sea del Dios artista y que además vive entre bastidores, pentagramas, esquelas y cuanto soporte exista para la creación. El casi vate crea a su manera, mamando a borbotones de la mamadera de la sabiduría, sorbo tras sorbo, con delicadeza y ciertamente con harto desmedro estomacal - Debe ser por ello que escribe poesillas recostado en el sofá de una tal Sofía.                                                                                  De la misma manera como Dios construye su creacción; el casi vate – a su modo y medida – también crea. Esto que hace a diario lo define el propio casi vate como su propia religión literaria; como la “FE en la LITERADURA”.         Simplifica esto diciéndonos “Los hijos no pueden obviar ciertos atributos heredados del padre. Es cierto. Tampoco podrían utilizarlos todos a la vez, por que esto es imposible ante la medida de los hechos”. El casi vate es sobrio ante la medida de los infinitos suspensos, y sobretodo ante la cantidad de pasajeras que no alcanza a visualizar debido a sus deficiencias visuales y carencias tecnológicas. La astronomía requiere de ambas cosas. El casi vate carece de una lente adecuada, carece de techumbres elevadas. Aquí – por lo visto - hay demasiadas carencias. Nos señala el mismo casi vate. Todo el mundo quiere ser grande; pero la pequeñez hace grande a los pequeños, como sucede con los últimos, quienes finalmente terminarán encabezando la degustación de cebiches. De lo que está claro el casi vate, es que no piensa sopear nunca sopas de cucarachas con cucharas almidonadas; antes prefiere saltar sin paracaídas desde su catre envuelto en sabanas hechas de sacos de porotos.                                                                                                                             El casi vate no es un anarquista espiritual. En retrospectiva, todo lo suyo apunta a la raíz elemental de las almas. Su apuesta es a la perfección de la creacción; y en esto no asoma con límites de canchas de golf, como más de alguien podría pensarlo. Probablemente la guerra es lo más cruel y el defecto más visual de la imperfección del ente humano. Pero existe la estupidez de esos ingeniosos que dan inicio a la trifulca de obuses, para provecho propio. Arrastrar pequeños a la violencia es el peor crimen que se pueda uno imaginar. Los entes exhumados no pueden hacer valer nuestro olvido. Nosotros tampoco podríamos hacerlo. Nos necesitamos. Nadie sobra en la historia de la creacción. Los “Viejos Héroes de las Palabras son el pilar que sustenta la evolución de la creacción. La verdad de esto se puede encontrar mediante un trabajo minucioso de los agentes de la poesía, mediante un enjuague insistente del sudor de las letras.

 

kejue

 







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